Texto extraído de (cómo citar):
Balsells, M., Vaquero Tió, E., Fernández-Rodrigo, L., Fuentes-Peláez, N., & Mateos Inchaurrondo, A. (2019). El ejercicio de la parentalidad positiva en un mundo digital: Presencialidad, progresividad y pautas.http://hdl.handle.net/2445/177959
Internet se ha convertido en el filtro que lo tiñe todo, como hace el café con el agua hirviendo, añadiendo matices, tonos y nuevas formas de entender y ejercer la parentalidad. Parece como si el ejercicio de ser padres y madres se haya visto ampliado a una nueva dimensión (Álvarez et al.; 2015). Veamos algunos ejemplos tomando como referencia algunos aspectos clave relacionados con la parentalidad:
• Comunicación: La parentalidad tiene que ver con la forma de comunicarse en las relaciones paterno/materno-filiales. No obstante, no sólo tiene que ver con la comunicación presencial, sino también con la comunicación virtual entre todos los miembros de la familia (Livingstone & Helsper, 2008).
• Relaciones afectivas: La parentalidad positiva está estrechamente relacionada con el establecimiento un vínculo afectivo sano, en las cuales se establecen demostraciones y manifestaciones de afecto ajustadas a las necesidades de los niños y niñas. Estas demostraciones de afecto también se pueden dar en espacios digitales (Erickson et al., 2016).
• Apoyo social: La parentalidad tiene que ver con la búsqueda de apoyos sociales (formales e informales). Cada vez más familias buscan en internet soluciones que den respuesta a distintos retos y necesidades parentales (Platin & Daneback, 2009; Ammari & Schoenebeck, 2015). Los padres ven en internet una fuente de apoyo al desempeño parental que les permite complementar la educación familiar “tradicional” (Rodrigo et al., 2018).
El ejercicio de la parentalidad se ha visto alterado por determinados usos de la tecnología. Algunos de estos usos son cada vez más habituales entre las familias. Todos ellos están presentes en espacios de vida cotidiana donde participan todos los miembros de la familia. A continuación se exponen brevemente cinco de las situaciones más habituales en la vida de las familias en su relación y uso con las TIC, sin entrar a analizar aún las competencias parentales vinculadas.
1. Delegación de funciones parentales
Las familias pueden delegar funciones parentales en dispositivos digitales. Pero, ¿son conscientes de ello? Algunos ejemplos se observan cuando padres y madres presentan un dispositivo (tablet, smartphone, consola...) a su hijo/a, invitándole a interactuar con él, en ocasiones sin acompañamiento. La finalidad de ello no es la de orientar conjuntamente, enseñar los limites, riesgos... tan siquiera dar a conocer beneficios o oportunidades. A menudo, este tipo de prácticas tienen una finalidad, desconectar al pequeño o pequeña, para que simplemente “no moleste”, se comporte o sepa estar. Los momentos concretos donde ocurre esta situación son muchos: en una comida familiar (en un restaurante o en casa), en un viaje o trayecto largo en el coche, en el momento que padres o madres deben asearse y se encuentran solos en casa sin nadie que eche un ojo, entre otros. Más allá del hecho en si, la delegación de funciones parentales como, enseñar a saber estar e influir en el comportamiento de sus hijos, es un hecho cada vez más habitual al cual recurren las familias.
2. Alteración de espacios de educación familiar
En consecuencia a lo anterior, otra de las situaciones habituales que denota la influencia de estos dispositivos en la vida familiar, es en aquellos espacios donde tradicionalmente se aprovechaba para educar en familia. Espacios como la comida familiar, el trayecto a pie hacia la escuela, el espacio de tertulia en el sofá, entre otros, son espacios familiares los cuales han ido perdiendo progresivamente protagonismo e interactividad comunicativa presencial entre los distintos miembros de la familia, en beneficio de una interactividad comunicativa virtual. Esta interactividad comunicativa virtual no solo se realiza entre los miembros de la familia, sino con otras personas que no lo son (familiares, amigos, contactos, seguidores...), lo que supone la inclusión de terceros en los espacios de vida cotidiana familiar.
3. Nuevos espacios y oportunidades de relación y comunicación
El tiempo en familia se dedica por lo tanto a realizar otras acciones que tradicionalmente ocupaban el tiempo para entablar conversaciones, a hablar, discutir, charlar, dialogar, coordinarse... Las oportunidades de comunicación familiar se han expandido a otros espacios virtuales, como los grupos de mensajería instantánea por chats (Whatsapp) o redes sociales (Instagram o Twitter, entre otros). Esta facilidad para entablar relaciones presenciales y virtuales entre los distintos miembros de la familia ha conllevado por ejemplo, que espacios que tradicionalmente ocupaban las relaciones familiares se hayan trasladado a espacios virtuales. Asimismo, también ha implicado que los espacios presenciales hayan perdido en ocasiones su razón de ser. ¿De qué tenemos que hablar si ya te lo he contado todo viniendo hacia casa? Esta facilidad en la comunicación supone cambios en las formas de mostrar afecto o de establecer normas o limites. Con la comunicación nos decimos “te quiero” y con la comunicación te digo “no”. Entonces, ¿la solución pasa por reprimir nuestra habilidad más preciada, la comunicación, o bien encontrar nuevas formas complementarias de ejercer nuestra necesidad de contar lo que nos esta sucediendo?
4. Modificación de hábitos de ocio familiar
Salir a jugar al parque, dar un paseo en bici, organizar una comida familiar, jugar a un juego de mesa, realizar una escapada... Tantos planes para hacer en el tiempo que disponemos en familia tras las obligaciones de todos los miembros, y tan poco tiempo que poder invertir en planificar una escapada en familia, por ejemplo. Los hábitos de ocio familiar están cambiando a pasos agigantados. Por un lado, el ocio familiar está girando alrededor de las pantallas (cine, televisión de pago – Netflix, Amazon Prime... – videojuegos en televisiones y dispositivos móviles), así como también hacia otras realidades virtuales o aumentadas. Por otro lado, el ocio familiar se esta alejando de aquella concepción colectiva o familiar, como un espacio donde los distintos miembros de la familia se encontraban para simplemente, pasar un buen rato. Los adultos, y especialmente la infancia y adolescencia, accedemos a contenidos de ocio en cualquier sitio y lugar, con la única y aparente restricción de una conexión a internet. Parece que hablamos solamente de una cuestión de acceso a plataformas de contenido que ofrecen espacios lúdicos. No obstante las implicaciones están sujetas especialmente al acompañamiento y a las prácticas consideradas “gratificantes” en estos espacios, pero también a las consecuencias que generan estas gratificaciones.
5. Configuración de identidades virtuales
Para algunos jóvenes el mundo real es el mundo virtual y viceversa. Para otros el mundo real es el contexto, y el virtual supone el pretexto. Para la mayoría no hay distinción entre ambos. Es cierto que la identidad de una persona se configura con su participación en los entornos de socialización. Entornos cada vez más impregnados de espacios virtuales donde ser, estar, definirse, reivindicarse, mostrarse, agradar... Entornos virtuales que cuentan con poca o nula presencia de padres y madres. Entornos digitales donde participan niños y jóvenes, que migran si hay un adulto. Sin embargo, no es menos cierto que la identidad de una persona se configura con personas referentes con las cuales se mimetiza. En este sentido, muchos de los referentes han cambiado, ya no son los hermanos, los padres, madres. Tampoco los actores, actrices o cantantes, al menos del mismo modo que lo eran. Hoy en día muchos de los referentes de imagen e identidad son las personas que exponen su vida en público (influencers, youtubers...). Niños y jóvenes quieren parecérseles, no solo en como visten, sino en qué hacen en las redes. En la misma dinámica se encuentran también algunos padres y madres, cuando exponen en redes sociales imágenes de sus hijos e hijas. Unas prácticas que definen y configuran parte de la identidad digital de la infancia y la adolescencia. Una identidad heredada por niños y jóvenes cuando son capaces de decidir por sí mismos por qué contenidos y publicaciones quieren que se les conozca o relacione. Una identidad que en ocasiones no es consensuada entre los miembros de la familia.
Texto extraído de (cómo citar):
Balsells, M., Vaquero Tió, E., Fernández-Rodrigo, L., Fuentes-Peláez, N., & Mateos Inchaurrondo, A. (2019). El ejercicio de la parentalidad positiva en un mundo digital: Presencialidad, progresividad y pautas.http://hdl.handle.net/2445/177959